El cerebro y el aumento en su complejidad y tamaño con el tiempo, por ejemplo, es una clara evidencia de que la evolución se ha dirigido hacia un determinado resultado que busca alcanzar. Este resultado o propósito es aumentar el tamaño del cerebro.

 

Estas comprobaciones en cráneos modernos fomentan la confianza en las estimaciones de Jerison sobre los cerebros ya desaparecidos. Sus conclusiones son que, en primer lugar, hay una tendencia en los cerebros a volverse más grandes en el transcurso de millones de años. En un momento determinado, los herbívoros actuales mostraron una tendencia a tener cerebros más pequeños que los carnívoros contemporáneos que los cazaban. Más tarde, los herbívoros mostraron una tendencia a tener cerebros mayores que los herbívoros anteriores, y los carnívoros, cerebros mayores que los carnívoros anteriores. (Dawkins 1996, “El Relojero Ciego”, 190)

A luz de esta tendencia específica en la evolución hacia el aumento del tamaño del cerebro a lo largo del tiempo, y con nuestro conocimiento de la enorme importancia del tamaño del cerebro, vemos claramente que el propósito de la evolución es alcanzar un tamaño grande del cerebro que esté calificado para efectuar una determinada tarea. Esto está especialmente claro dado lo que vemos, y con lo que estamos familiarizados ahora, de lo que proporciona el cerebro grande. En efecto, nadie duda de que el tamaño y el tipo de cerebro humano tenga una gran importancia en términos de diferenciar a los humanos de otros animales.

La forma significativa y constante en que evolucionó el cerebro en tamaño y calidad, particularmente durante las últimas etapas de la evolución, indudablemente indica que este es un propósito de la evolución. O digamos que el propósito más importante producido por la evolución es la inteligencia –un producto del cerebro- la cual reconocemos como el mejor y más importante, que cualquier otro producto de la evolución. La inteligencia es un resultado inevitable del surgimiento de la vida, o por lo menos es un resultado inevitable en relación a la vida dentro de los límites con los que nos hemos familiarizado sobre esta Tierra. Puesto que la vida que conocemos es básicamente el plan genético y la selección que la refina, el resultado es que el plan genético y la selección –o evolución- tienen un propósito, siendo su propósito la inteligencia, o la producción de vida inteligente. El propósito, dentro de los límites de la inteligencia con los cuales estamos familiarizados, es un cerebro grande y complejo.

 

El número de avanzadas civilizaciones que hoy puedan existir en la galaxia de la Vía Láctea dependerá de múltiples factores, que van desde el número de planetas que tenga cada estrella hasta la probabilidad de que exista vida en cada uno de ellos. Pero una vez ha surgido la vida en un medio relativamente favorable y han transcurrido miles de millones de años del proceso evolutivo, somos muchos los que creemos en la posibilidad de que en este medio hayan aparecido seres inteligentes. Sin duda, la senda evolutiva sería distinta de la que ha conocido la Tierra. Es muy probable que la secuencia de eventos acaecidos en nuestro planeta —entre ellos la extinción de los dinosaurios y la recesión forestal ocurrida durante el plioceno y el pleistoceno— difiera de la que ha presidido la evolución de la vida en las restantes regiones del universo. Creemos, sin embargo, que han de existir pautas funcionalmente equivalentes que a la postre conduzcan a un resultado parejo. Toda la crónica evolutiva de la Tierra, particularmente la plasmada en la cara interna de los cráneos fósiles, pone de manifiesto esta tendencia progresiva a la formación de organismos inteligentes. Nada misterioso hay en ello, puesto que, por regla general, los seres más inteligentes subsisten en mejores condiciones y dejan más descendencia que los organismos menos dotados. (Sagan, 1978, “Los Dragones del Edén”, 240).75

 


75. El Dr. Carl Edward Sagan (1934-1996) fue un famoso astrónomo y profesor en la Universidad de Harvard seguido por la Universidad de Cornell. Muchos de sus libros han sido traducidos a otros idiomas, incluyendo al árabe.


Extracto del libro “La Ilusión del Ateísmo” de Ahmed AlHasan (a)

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