Los animales comparten nuestra capacidad de pensar y responder. Hay muchos ejemplos en el reino animal, y quizás el ejemplo conocido más claro sea el de los grandes simios y su capacidad para utilizar herramientas hechas de piedra y remas de árbol para obtener alimento. Los chimpancés pueden aprender el lenguaje de señas y pueden manejar el lenguaje inteligentemente. Reconocen con precisión a sus enemigos, o a quien pueda molestarlos o dañarlos, o incluso tratar de ofenderlos dada la oportunidad. Los chimpancés han demostrado en algunos experimentos que tienen la capacidad de pensar, identificar un problema y buscar una solución. El orangután tiene la capacidad de imitar y aprender.

Alfred Russel Wallace, codescubridor de la teoría de la evolución, dijo que el comportamiento del orangután bebé era “muy parecido al de un bebé en ciertas circunstancias”. (Wallace 1869, 66).79 80

La inteligencia del orangután (hombre de las maderas) es bien conocida por los que interactúan con él.

Sin embargo, hubo dos psicólogos de la Universidad de Nevada, Beatrice y Robert Gardner, que cavilando en torno a los experimentos realizados observaron que la faringe y la laringe del chimpancé no están adaptados para emitir sonidos y articular palabras como en el caso del hombre. (Sagan, 1978, “Los Dragones del Edén”, 115)

Dieron así con una brillante idea: enseñar a este animal el lenguaje por señas utilizado en Norteamérica, conocido como el Ameslan (acrónimo de American sign language), o, también, «lengua norteamericana para sordomudos» (American deaf and dumb language). Se trata de una forma de expresión que se adapta maravillosamente bien a la soltura manual del chimpancé y que permite representar gestaalmente los principales rasgos conceptuales del idioma hablado. (Sagan, 1978, “Los Dragones del Edén”, 115)

Así, cuando Washoe vio por vez primera a un pato en un estanque dijo mediante señas, «pájaro de agua», que corresponde al término utilizado en inglés y en otros idiomas, pero que el chimpancé improvisó para la ocasión. La hembra Lana no había visto otros frutos de forma esférica que las manzanas, pero como sabía indicar por señas el nombre de los colores principales, un día en que vio a uno de los cuidadores comer una naranja, señaló con los correspondientes ademanes: «manzana color naranja». Después de probar una raja de sandía, Lucy la llamó «bebida con azúcar» y «fruta líquida»; pero cuando sintió el escozor del primer rábano que cataba, dijo entonces que se trataba de «comida que duele y hace llorar». Cuando a Washoe le pusieron una muñequita en la taza que sostenía, dijo mediante señas: «niño en mi bebida». A este último chimpancé se le enseñó a representar la palabra «sucio» siempre que se hacía las necesidades encima o en un mueble, y el animal extrapoló el término aplicándolo de manera genérica a cualquier tipo de exceso. En presencia de un Rhesus (mono común) con el que no simpatizaba, repitió machaconamente: «mono asqueroso, mono asqueroso, mono asqueroso». A veces decía cosas como: «Sucio Jack, bebida con trampa». En un momento de tedio y de inspiración a la vez, Lana apostrofó a su cuidador llamándole «cagarruta verde». (Sagan, 1978, “Los Dragones del Edén”, 115)

En cuanto a Lucy, terminó por aprender a distinguir claramente el sentido de frases como «Roger hace cosquillas a Lucy» y «Lucy hace cosquillas a Roger», dos actividades que la deleitaban en extremo. (Sagan, 1978, “Los Dragones del Edén”, 118)

… en el Centro Regional de Investigación de Primates de Yerkes, en Atlanta (Georgia), aprenden un lenguaje específico de computador llamado Yerkish (por los investigadores, no por los chimpancés).

Lana controla las frases que elabora frente al panel del computador y borra aquellas que contienen errores gramaticales. Una vez, mientras Lana se afanaba en la construcción de una frase compleja, su entrenador interpoló repetida e intencionadamente desde la consola del computador en que se hallaba, separada de la de Lana, una palabra que desposeía de todo sentido la frase del chimpancé. Lana fijó la mirada en su panel, miró de soslayo al cuidador sentado ante su consola y compuso otra frase que decía: «Tim, por favor, sal de la habitación». (Sagan, 1978, “Los Dragones del Edén”, 119-20).

En el supuesto de que los chimpancés incapaces de comunicarse tuvieran que morir o no pudiesen reproducirse, estoy convencido de que asistiríamos a un progreso y a una elaboración notables, en lo que al lenguaje se refiere, en el lapso de sólo unas pocas generaciones. El inglés básico se compone de unos mil vocablos. Muchos chimpancés dominan un repertorio lexicográfico que pasa del 10 por 100 de esta cifra. Aun cuando hace unos cuantos años habría parecido un tema de ciencia-ficción sin conexión alguna con sucesos reales, no considero improbable que a la vuelta de unas pocas generaciones de chimpancés en posesión de este acervo lingüístico se den a conocer las memorias de la historia natural y la vida mental de un chimpancé publicadas en inglés o en japonés, quizás con la mención «según el testimonio de» a renglón seguido del nombre del autor.

Si los chimpancés son criaturas que tienen conciencia de sus actos, capaces de realizar abstracciones, ¿por qué no poseen lo que hasta hoy se ha dado en llamar un estatuto de los «derechos humanos»? ¿Qué grado de inteligencia ha de alcanzar un chimpancé para que su muerte se catalogue jurídicamente como un asesinato? ¿Qué otros rasgos debe incorporar para que los misioneros religiosos le consideren apto para ser objeto de catequización?

No hace mucho, el director de un importante centro de investigación sobre primates me mostró las dependencias del recinto. Enfilamos un corredor larguísimo en el que, al modo de un dibujo en perspectiva, veíanse alineadas una tras otra, hasta donde alcanzaba la vista, múltiples jaulas de chimpancés. Había uno, dos, y hasta tres en cada compartimento, y no me cabe la menor duda de que las instalaciones eran modélicas atendiendo a lo que son estos centros, (o, en relación con el caso propuesto, los clásicos zoológicos). Nos acercábamos a la primera de la serie de jaulas cuando los dos simios que la ocupaban empezaron a enseñar los dientes y con una puntería increíble lanzaban grandes escupitajos que alcanzaron de lleno el liviano traje de verano que vestía el director del centro. A continuación, prorrumpieron en chillidos entrecortados que resonaron hasta el otro extremo del pasillo y que fueron repetidos y amplificados por otros animales enjaulados que ni siquiera nos habían visto, hasta que el estrecho pasadizo trepidó literalmente con los gritos, golpeteo de barrotes y sacudidas de las jaulas. El director me dijo que en esas ocasiones los chimpancés suelen arrojar otras cosas además de escupitajos y a instancias suyas emprendimos inmediatamente la retirada.

El suceso me trajo en seguida a la memoria las películas norteamericanas de los años treinta y cuarenta cuya acción discurría en una vasta y deshumanizada penitenciaría estatal o federal, donde los reclusos golpeaban los barrotes de las celdas con las marmitas cuando aparecía el guardián que desempeñaba el papel de sujeto sin entrañas. Los chimpancés en cuestión gozaban de excelente salud y estaban bien alimentados. Si son «solamente» animales, bestias incapaces de razonar en abstracto, entonces puede que mi comparación no sea más que un acceso de simpleza y sentimentalismo vacuo. Pero lo cierto es que los chimpancés pueden abstraer y, al igual que otros mamíferos, son capaces de experimentar emociones intensas.

En mi opinión, las facultades cognoscitivas de los chimpancés nos obligan a interrogarnos sobre los verdaderos límites de la comunidad de seres a quienes debemos especiales consideraciones éticas. Espero, además, que su estudio pueda contribuir a ensanchar nuestras perspectivas éticas y hacernos tomar en consideración, por vía descendente, a los grupos taxonómicos que pueblan la Tierra, y en línea ascendente, a los organismos extraterrestres, en el supuesto de que existan. (Sagan, 1978, “Los Dragones del Edén”, 126-28).

Todo lo anterior —si los detalles son correctos— no significa en ninguna manera que el ser humano sea sólo un cuerpo animal que haya evolucionado de los cuerpos que le precedieron. La idea de que los animales y nosotros tengamos en común el pensamiento y la abstracción, a niveles inferiores, es una cuestión reconocida por la religión —o al menos en el islam. Fue dicho en el Corán:

 

{Hasta que llegaron al valle de las hormigas, dijo una hormiga: «Oh, hormigas, entrad en vuestros hogares, no sea que os aplasten Salomón y sus tropas sin darse cuenta» * E inspeccionó a las aves y dijo: «¿Por qué no veo a la abubilla? ¿O es que está ausente? * Y no esperó mucho y dijo: «Me he enterado de lo que no te has enterado y te he traído de Saba una noticia certera.»} Corán Capítulo “Las Hormigas” 27:18,20,22.

{Y no hay bestia en la Tierra ni ave que vuele con sus dos alas que no sea una comunidad como la vuestra. No hemos omitido en el libro nada. Luego, hacia su Señor serán reunidos.} Corán Capítulo “El Ganado” 6:38.

 

Si creemos en la evolución entonces ciertamente creemos que la capacidad del ser humano para pensar ha evolucionado también a lo largo del tiempo junto con la evolución del cerebro humano en términos de tamaño y calidad. Sin embargo, es una habilidad muy única al compararla con la del resto de los animales. He mostrado anteriormente que la evolución de la máquina de inteligencia es evidencia de un propósito inevitable de la evolución sobre la Tierra. Entonces, hemos aclarado cómo la velocidad relativa de la evolución del cerebro humano durante los últimos dos millones de años y su transformación en un cerebro superior es evidencia de que nuestros cerebros en particular son un propósito de la evolución. Cuando hemos sido capaces de demostrar que la evolución tiene un propósito, hemos demostrado la existencia de un dios tras él.

Ahora nos gustaría pasar de la máquina de inteligencia a su producto, y ver lo que nos distingue culturalmente del resto de los animales, con claridad inequívoca.

Ahora queremos demostrar la existencia de Dios a través de la cultura única específicamente, en lugar de a través de la capacidad distintiva de los seres humanos de sociabilizar y comunicarse, y a través del desarrollo de un método lingüístico acompañante. Hay muchos animales que llevan una vida social organizada a varios niveles, tales como hormigas, abejas, hienas, leones, chimpancés y orangutanes. Tienen medios lingüísticos de comunicación para entender el uno con el otro, incluyendo el lenguaje de señas utilizado por las abejas, organismos bastante inferiores a los chimpancés.

Por lo tanto, nuestra investigación sobre la cultura humana y su indicio de la existencia de Dios no será sobre tener un cerebro, una máquina de inteligencia o la capacidad de pensar y abstraerse. En cambio, será sobre la cultura humana única que repentinamente apareció hace unos pocos miles de años, y cómo esta cultura señala la existencia de Dios. Esta cultura representa un sistema de vida desarrollado y moral. Podemos identificar claramente esta cultura mediante lo que ha entrado en la vida humana en un momento específico: dar a los demás sus derechos, establecer leyes relevantes a esto, y un altruismo genuino que no se construye sobre egoísmo genético o expectativa de beneficio, así como el establecimiento de bases de conocimiento y vida avanzada tales como ley de castigos, lectura, escritura, sistemas de cálculos, etc. Queremos demostrar que han llegado por medio de enseñanzas externas y un cambio radical que ocurrió en la vida humana.

Lo siguiente es un reconocimiento claro y obvio de Dawkins de que estas cuestiones llegan mediante la enseñanza, y que se oponen completamente a la biología animal que controla nuestros cuerpos animales:

No estoy defendiendo una moralidad basada en la evolución. Estoy diciendo cómo han evolucionado las cosas. No estoy planteando cómo nosotros, los seres humanos, debiéramos comportarnos. Subrayo este punto pues sé que estoy en peligro de ser mal interpretado por aquellas personas, demasiado numerosas, que no pueden distinguir una declaración que denote convencimiento de una defensa de lo que debería ser. Mi propia creencia es que una sociedad humana basada simplemente en la ley de los genes, de un egoísmo cruel universal, sería una sociedad muy desagradable en la cual vivir. Pero, desgraciadamente, no importa cuánto deploremos algo, no por ello deja de ser verdad. Este libro tiene como propósito principal el de ser interesante, pero si el lector extrae una moraleja de él, debe considerarlo como una advertencia. Una advertencia de que, si el lector desea, tanto como yo, construir una sociedad en la cual los individuos cooperen generosamente y con altruismo al bien común, poca ayuda se puede esperar de la naturaleza biológica. Tratemos de enseñar la generosidad y el altruismo, porque hemos nacido egoístas. Comprendamos qué se proponen nuestros genes egoístas, pues entonces tendremos al menos la oportunidad de modificar sus designios, algo a que ninguna otra especie ha aspirado jamás. (Dawkins 1989, “El Gen Egoísta”, 3)

Debemos aprender el altruismo, y esto es lo que discutiré en la siguiente sección. Juntos intentaremos descubrir quién nos ha enseñado o dónde hemos aprendido el altruismo genuino, el cual está completamente en contra de nuestra composición biológica egoísta que nos conduce con egoísmo genético.


  1. Alfred Wallace (1823-1913) fue un naturalista británico. Se considera que descubrió, junto con Darwin, la teoría de la evolución a través de la selección natural. La descubrió independientemente y envió sus escritos sobre el tema a Darwin.
  2. La evolución de los grandes simios tiene dos ramas separadas. Una rama se remonta al gorila y el chimpancé, y las demás se remontan al orangután. Orangután es una palabra malaya, orang hutan, que significa “hombre de las maderas”.

Extracto del libro “La Ilusión del Ateísmo” de Ahmed AlHasan (a)

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