Durante la mayor parte de nuestra Prehistoria, los humanos vivieron bajo condiciones que pudieron haber favorecido firmemente la evolución de todos esos cuatro tipos de altruismo. Vivíamos en pueblos o, anteriormente, en distintos grupos errantes como los babuinos, parcialmente aislados de grupos o pueblos vecinos. La mayoría de los compañeros de grupo serían familia, emparentados más cercanamente que los miembros de los otros grupos —gran cantidad de oportunidades de altruismo familiar para evolucionar—. Y, tanto si son familia como si no, uno tendería a reunirse con ellos una y otra vez durante su vida —condiciones ideales para la evolución del altruismo recíproco—. Aquellas eran también las condiciones ideales para construirse una reputación de altruismo, condiciones ideales también para publicitar la generosidad conspicua. Por una o todas las cuatro rutas, se habrían favorecido en los primeros humanos las tendencias genéticas hacia el altruismo. Es fácil ver por qué nuestros ancestros prehistóricos serían buenos para su propio grupo, pero malos —hasta el punto de la xenofobia— para otros grupos. Pero ¿por qué —ahora que la mayoría de nosotros vive en grandes ciudades donde no estamos rodeados por nuestra familia y donde cada día encontramos individuos a quienes nunca vamos a volver a ver— seguimos siendo tan buenos con los demás, incluso algunas veces con otros que deberíamos pensar que pertenecen a un grupo externo?

Es importante no malinterpretar el alcance de la selección natural. La selección no favorece la evolución de una conciencia cognitiva de lo que es bueno para nuestros genes. Esa conciencia tiene que esperar al siglo XX para alcanzar un nivel cognitivo, e incluso ahora el conocimiento completo está confinado a una minoría de científicos especializados. Lo que la selección natural favorece es una regla general, que funciona en la práctica para promocionar a los genes que la han generado. Las reglas generales, por su propia naturaleza, fallan en ocasiones. En el cerebro de un pájaro, la regla «atiende a esas cositas que chillan en tu nido y deja caer alimento dentro de sus rojas bocas» normalmente tiene el efecto de preservar los genes que generan la propia regla, porque los objetos que chillan y tienen la boca abierta dentro del nido de un adulto son normalmente sus propios descendientes. La regla falla si otra cría de pájaro entra de algún modo en el nido, hecho en el que, positivamente, son expertos los cucos. ¿Podría ser que nuestros impulsos del tipo «Buen Samaritano» sean fallos, análogos al fallo del instinto parental de la curruca de los juncos cuando trabaja para empollar los huevos del cuco?

Una analogía incluso más cercana es el impulso humano de adoptar un niño. Debo apresurarme a añadir que «fallo» se enuncia solo en un sentido estrictamente darwinista. No lleva implícito sentido peyorativo alguno.

La idea de «fallo» o «subproducto» que estoy adoptando funciona de la siguiente manera. La selección natural, en los tiempos ancestrales en que vivíamos en grupos pequeños y estables como los babuinos, programó impulsos altruistas en nuestros cerebros, junto con los impulsos sexuales, los impulsos contra el hambre, los impulsos xenófobos y así. Una pareja inteligente puede interpretarlo de forma darwinista y comprender que la razón definitiva para sus impulsos sexuales es la procreación. Ellos saben que la mujer no puede concebir porque ella está tomando la píldora. Todavía pueden encontrar que su deseo sexual no está, de ninguna manera, reducido por el conocimiento. El deseo sexual es deseo sexual, y su fuerza, en la psicología de un individuo, es independiente de la esencial presión darwinista que la dirige. Es un impulso fuerte que existe independientemente de su razón esencial.

Lo que sugiero es que eso mismo es cierto para el impulso de la amabilidad —del altruismo, de la generosidad, de la empatía, de la compasión. En tiempos ancestrales teníamos la oportunidad de ser altruistas solo hacia la familia cercana y hacia individuos que potencialmente nos devolverían los favores recibidos. Actualmente, esa restricción no existe, pero persiste la regla general. ¿Por qué no podría? Es como el deseo sexual. No podemos refrenar un sentimiento de compasión cuando vemos a un desgraciado llorando (que no es pariente nuestro y es incapaz de practicar la reciprocidad) de la misma manera en que no podemos refrenar un sentimiento de lujuria hacia un miembro del sexo opuesto (que puede ser infértil e, incapaz, por lo tanto, de reproducirse). Ambos son fallos, errores darwinistas: benditos, preciosos errores. (Dawkins 2006, “El Espejismo de Dios”, 220-21).

En resumen, Dawkins está diciendo que los rasgos del tipo “altruismo con un precio” se volvieron rasgos de “altruismo sin un precio” debido a un error al implementarse la ley, ya que dice: “Las reglas generales, por su propia naturaleza, fallan en ocasiones” por las circunstancias cambiantes: “actualmente, esa restricción no existe” —sin embargo, persiste la regla.


Extracto del libro “La Ilusión del Ateísmo” de Ahmed AlHasan (a)

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